Toño Cano... Todo un personaje de La Virginia.

 

Toño Cano, terco pero bondadoso, y aún le da 'piquitos' a Margarita.

 

Por Wilson Daza

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@elescondidijo

 

Ahí donde uno los ve todavía se aman como desde el primer día en que se conocieron.

 

Es Antonio María Cano Porras y se casó con Margarita Betancur una mujer bella y recia que todavía lo aguanta, lo quiere y lo mima y a veces llena sopas de letras del Q'hubo para desestresarse y ocupar la memoria en pensamientos diferentes que le permitan volar tranquila.

 

Ambos tienen 78 años y construyeron en Belén Rincón uno de los hogares más hermosos que me he encontrado en estos trasegares por las calles del barrio más hermoso de la tierra.

 

Nació un 17 de septiembre del 41, cuando Colombia apenas avistaba una dura era política llena de altibajos y guerras civiles entre azules y rojos, conservadores y liberales, y a él le aguardaban peripecias únicas ayudándole a sus padres, consiguiendo unos primeros amores que no se finiquitaron como ansiaba porque lo veían pobre, y jugando partiditos de fútbol en la calle o tirando bolas y trompos en cualquier rastrojo o rinconcito del Alto.

 

Hoy tiene una tienda, un kiosco de madera bien surtido que cualquiera envidiaría, en el que el tiempo parece haberse detenido para narrar la historia de un sector como el de la VIrginia, que él, su decencia y su bondad petrificaron para el recuerdo eterno.

 

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Descansa y se queda dormido a veces en una silla de plástico, mientras un palo de mango ahuyenta los calores y una imagen de María Auxiliadora, a la que le falta su mano derecha, lo protege desde un altar que vigila su casa segundo a segundo, minuto a minuto, todas las horas, los días, las semanas los meses y los 365 días del año... 0 366 cuando es bisiesto. Dios le cuida todo a él y a Margarita... Hasta los recuerdos de antaño que bullen por su mente.

 

Hay unos pericos enjaulados a un lado de su casa que él quisiera ver mejor alzando vuelo, porque tiene un alma tan noble que no acepta presos de ninguna clase en su existencia.

 

Ha sido libre por naturaleza y defiende hasta a las águilas y sus alas amplias que a veces imagina en su mente aún joven.

Construyó emporios de revuelto.

 

Vendió papa y yuca, tomate, cebolla, frutas y verduras en la Placita de Flórez del barrio Boston.

 

Hizo honor desde muy pequeño al gran trabajo que ya había iniciado su madre Inés Porras que laboró incansable por su familia hasta fabricar una herencia para el hijo que fue el encargado después de sacar adelante a toda la prole.

 

Carlos, su hijo, lo reafirma: "A punta de revuelto nos levantó a todos".

 

Cinco hijos: dos hombres... tres mujeres: Margarita, Inés, Marta, Miguel y 'Calucho'.

 

Cinco nietos, cinco biznietos y una casa bella y digna de esas que se parieron en este barrio y que aún se conservan.

 

Nacido y criado en el Rincón, un barrio que, según él, es ejemplo de pujanza y empuje, y con un vicio que tiene de sacar de pronto la lengua, pero no dejar palabras sueltas para asegurar lo que piensa y hablar muy clarito y espeso.

 

 

Nació en el sector del Alto.

 

Aún recuerda su casa paterna y a sus amigos de entonces.

 

Tiene una memoria prodigiosa y, como dicen en el barrio... todavía está muy entero y por su mente todavía pasan entre pasillos sus progenitores Inés y Marcelino.

En su casa hay recuerdos que perduran con dolor y tienen que ver con su esposa Margarita y un nieto de ambos: Sebastián Castaño.

 

Por esas "cosas" del barrio se presentó un atentado violento en el que, muy verracos ambos, resultaron perjudicados.

 

A él un tiro en el pecho y a ella cuatro proyectiles: uno le rozó el pectoral, dos penetraron en el estómago y otro le acarició el Huesito de la Alegría aunque con profunda tristeza.

 

En el hospital le preguntaron si sentía los pies paralizados y su respuesta fue que solo percibía mucho ardor en el vientre... "Era como si me hubieran echado agua caliente". Nunguno de los dos tenían algo que ver en el problema del sector... Simplemente los confundieron. "Estábamos de malas", afirma Margara.

Gracias a Dios salieron adelante.

 

Toño amó la política y añora su puesto en la Placita. Siente nostalgias e hizo de ese lugar su historia patria. No volvio a ella y le da hasta tristeza verla en la distancia.

Le ayudó a hacer gelatina a Rosa Evelia Jaramillo, aquella otra mujer de antaño y recordada por muchos a la que le decían Sebelia o Macia, la mamá de Campo Elías Gómez.

Su tiempo de niño, Toño lo invertía en eso porque apenas llegó a estudiar quinto de primaria.

 

El resto fue para trabajar mucho desde jovencito y a veces divertirse un rato con sus amigos de entonces, tirar pelota y aprender a convertirse en grande desde muy niño..

"Los caminos eran estrechos. Éramos a pie limpio. No había plata y nos hacían ver como campesinos.... éramos rurales... había discriminación desde Belén Parque y San Bernardo. Me acuerdo que estudiaba en la Antonio José Restrepo, y terminé en la Céspedes. Partía leña para la casa de mamá y para la de Sebelia".

 

También cargó adobes en los tejares de Guayabal y recogió boñiga en los Loma de los Valles, lo que hoy es el cementerio Campos de Paz, unas mangas de propiedad de Santiago Díaz, Carlos Correa y Leonardo Moreno y que llegaban hasta el Club el Rodeo, La Mota y las urbanizaciones aledañas.

 

Dice Toño: "Amo a los ángeles... Sobre todo a Miguel, protector de la familia", y allí, en uno de lis muros de su negocio, descansa la imagen.

 

"Fui discípulo de dos señores: Saturio Calle y Leonardo Gutiérrez... sastres increíbles del barrio. Fue por este último que llegué a la Sastreria Standar de don Arturo Salinas. Me levantaba a las cinco de la mañana y me iba a pie por pedruscos y descalzo para llegar a Belén... pero primero había que asistir a la misa".

 

Cisneros, la antigua plaza, como muchos del barrio, también fue su punto de llegada, pero para hacer las compras y surtir las dos mesitas que su madre había fundado en la Placita de Bostón.

 

Fue ella, la progenitora, la que le enseñó a tener actitud y aptitud para el trabajo.

Era una mujer muy activa.

Él nunca olvida que con 17.000 pesos de aquel entonces hicieron una compra para el negocio y que después ella lo envió donde un mayorista de la plaza a que le entregara fiado un surtido más grande.

 

Hasta su padre le entregó un anillo para que lo empeñara... Le dieron treinta mil pesos y con ellos hizo grande su puesto de la plaza.

Aun lo recuerda y hasta parece querer llorar de nostalgia pero no lo hace... porque ahí donde lo ven sigue siendo demasiado duro y terco... sobre todo con Margarita que lo apoya en todo aunque también lo regaña, sobre todo cuando le da por tomarse un guaro al escondido y por las ganas que siente.

 

Y recuerda: "Mi papá era muy enfermo y no tenía un trabajo continuo. Yo apenas tenía por ahí unos doce años cuando comencé a ayudarle a ella... a mi madre. Era una matrona muy digna. Un día se comenzó a enfermar de asma y ya no pudo más. Yo me encargue del negocio y lo hice grande".

 

El padre, Marcelino, enfermó de cáncer de próstata. Era un viejito lindo... hermoso, adorado, amoroso y todero... Un verraquito en todo el sentido de la palabra. Le ayudó de muchas maneras. Lo capitalizó y, tal vez sin pensarlo bien, hizo próspero el negocio... Por eso El, Toño Cano, se convirtió en uno de los mejores de la Placita de Flórez.

 

"Leía muchos periódicos, me llené de ambiciones, tuve varios puestos y hasta 3 o 4 trabajadores. Le ayudé a todos".

Hay un capítulo muy especial en la vida de este hombre insigne del barrio y fue cuando se enamoró de Margarita.

 

Fue desde niño. "Desde que ella estaba chiquitica me gustaba". Ocurrió por allá, como por 1957, cuando en su casa hacian empanadas para construir la Iglesia Vieja, que fue una obra comunitaria liderada por Isabel Gómez, Teresita Betancur, Enriqueta Betancur, Lucía Betancur y otras damas que ya murieron porque Margarita ya no las puede recordar a todas.

Se había prendado de otra, de alguien que en ese momento lo menospreció y no lo aceptó porque supuestamente era pobre sin saber lo que después lograría acumular este hombre.

En aquel tiempo existían tormentas y rivalidades pero él terminó enamorándose de la flor más preciada... de Margarita, la que aún hoy lo acompaña, lo cuida, lo sigue y lo aconseja.

 

"Me enamoré de su sentido familiar, de su reciprocidad, de su educación, de su entendimiento. Nos casamos en la Iglesia . El padre Arturo Ramírez ofició la misa. Vivimos siempre independientes y en la misma casa de la Virginia ya hoy reconstruida y reformada. A veces hay contradicciones entre nosotros pero nos entendemos... nos amamos".

 

Sus hijas y sus hijos son increíbles y aman a sus viejos. Los cuidan y los protegen. Ellos aún se dan besitos a cualquier hora de la noche y discuten cuando tienen que hacerlo o por la terquedad de él o también por la inteligencia femenina innata en ella.

 

Recuerdan sus pérdidas, la quiebra en la plaza por ser honorable, construir un sindicato, confiar en los demás y no sospechar que lo robaban.

 

Pero para nada se sienten infelices por ello porque la familia que construyeron hoy da tantas gracias que han construido una casa hermosa que a mí, personalmente, me llena de olor a mango, canarios presos pero tórtolas libres, muchas canas y ganas de seguir siendo felices, una esposa inmensa, guaro de vez en cuando, noticias, música, nietos y biznietos abrazadores que cobijan a sus abuelos y una bondad que no cabe dentro de todos estos muros inmensos.

 

¡Qué casa tan bella y que familia tan inmensa".