Judith no nació para ser santa, pero como si lo fuera

 

Por Wilson Daza

 

Desde el Rincón de Judith hasta los de Londres... así podría llamarse también esta historia de un ser increíble de nuestro barrio. Una matrona en todo el sentido de la palabra. Una mujer labrada a punta de golpes de la vida y no pocas penurias, pero siempre firme y con el equilibrio intacto. Mamá por dos lados, pero única con todos.

Judith nació en el tiempo en que los muchachos no se ponían calzoncillos ni las niñas calzones... es decir hace mucho tiempo, 84 para ser exactos, en Belén Rincón y con mucho orgullo... en el Salaíto. Ni sospechaba siquiera que un día le pediría la hora al famoso Big Ban de Londres

Sus primeros berridos fueron en la casa de Rosa Porras y cuando las viviendas de entonces, cuál de ellas más pobre, se contaban en los dedos de una mano: la de Ana Eva, la de María Cotola, Alicia Penco, Arturito Alvarez, Juana, Chela y Toño Rodríguez.

"En la mía había una vaca y un día me caí cuidándola... todo por culpa del animal ese", recuerda esta mujer que lleva el apellido Rodríguez y que tuvo más puestos de trabajo que un carro de su época.

Descomplicada, dicharachera, suelta, vivaz, alegre, canta, hace bulla, es entrona como nadie, se agacha o saca pecho y se le mide a lo que sea...

En sus tiempos mozos fue de esas mujeres de Belén Rincón que no se varó por nada en la vida y que estaba siempre dispuesta a las que fueran. Bueno... sigue dando lora y añorando volver a salir a calle cuando la pandemia se acabe... si no es que se les escapa a los hijos cuando menos se den cuenta... Así es ella.

No nació para ataduras con nada ni con nadie. Desde el desayuno se sabía lo que iba a ser el almuerzo, por eso ella misma reconoce que fue viva, jodida y fregada con sus compañeras de escuela a las que les pegaba y les quitaba el algo, sobre todo recuerda que se la montó varias veces a la hija de Arturito Alvarez, el abuelo de Carlos el mimo.

Fue muy rebelde con su mamá Hermelina sobre todo para despertarse temprano. A las 2 de la mañana la mujer la levantaba con un: "movete pues porquería" y yo que no quería. Genia, su tía , que era muy buena con ella era la que le ayudaba y le decía: "Bizquita vea... caminá levantate" y le corría... pero a la Judith se le caían de sueño los ojos... y hasta las arepas. Era una niñita, pero el trabajo de la masa de maíz en los hornos de leña llamaba y no aceptaba excusas de ninguna clase.

Y también fue indisciplinada en la escuela con las profesoras Chinca Ibarra y Guillermina de la Antonio Ricaurte donde hizo dos jornadas diarias solo hasta segundo de primaria, porque el trabajo en la casa así lo obligaba, pero era más buena en Matemáticas, Historia Sagrada e Historia Patria "que un diablo".

Ella no era cochina, pero no había agua para bañarse, entonces lo que hacía la muchacha era limpiarse el sudor como podía, luego se ponía el uniforme y para la escuela, no sin desayunar primero, y a aguantar la jornada de la mañana, de 8 a 12, y la de la tarde de 2 a 4: "eso se le hacía a uno eterno", recuerda.

Pero si de jugar se trataba, ahí sí no había mamá o profesora que la detuvieran... para eso sí que era buena y en lo que fuera: en Arranca la Yuca, "que uno se sentaba adelante, el otro atrás y así sucesivamente y todos cogidos por la cintura del otro y una jalaba para atrás... hasta que 'arrancaba la yuca...' ¡eso era una risa!".

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Y también Mamá Toco, Estando la Marisola, Que pase el Rey, A la Rueda Rueda, Gallina Ciega y los Santicos "que era en dos grupos. Uno era un almacén de santos y el otro el de los compradores. Los primeros le ponían a cada uno que si San Martín de Porres, San Judas Tadeo, San Bartolomé... y así a los de su grupo. El otro preguntaba si le podían vender un santico que se llamaba... y decía un nombre. Si acertaba con uno de los que sí tenía el almacén... ese se salvaba, y así con todos. ¡Era más bueno jugar eso mijo!".

Y el picante viene por otro lado: también jugaban Ollito, lo que en otra época se llamó Bolas. Y era meter una bola de cristal en un huequito y el que ganaba se iba apoderando de las canicas de todos los otros. O sea se apostaba y se ganaba algo real, lo que hacía más emocionante el juego y también que, como ya se dijo, había que agacharse mucho y si nadie usaba calzones, entonces imagínense aquello.

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Y nació su hijo y también se llamó Francisco... Pacho. A los 11 meses la abandonó. "Ese infeliz amanecía en la casa y un día llega y me dice: 'Oiste Huevito..., me voy a casar'. Y yo le respondí: que tan bueno... ¡cásese! Y sí... el sábado se casó. Lloré... lloré mucho".

Vinieron días muy difíciles en la vida de esta gran mujer. Le tocaba velar por comida en las casas, trabajaba en lo que fuera y dónde fuera. De niña ya había hecho crochet en la escuela había hecho arepas con su mamá y después con su abuela Carmen, Genia y Julia Rosa había recogido pasto para alimentar caballos, detrás del tejar de Enriqueta, para ir a venderlo al Pasaje Sucre, en el Centro de Medellín... estaba acostumbrada, pero ya tenía un hijo que cuidar y mantener y era mucho más difícil ser mamá y trabajar al tiempo.

Ayudó con las labores domésticas en las casas de Aicardo Muñoz, Marcos Viejo, Carlina Porras, Inés Porras y Elvia Gómez y le quedaba tiempo y ganas aún para lavar ropa ajena en la quebrada La Guayabala y hasta para llevar viajes de arepas a Cisneros en la Mosquerola, el carro de la época. No fueron buenos tiempos, pero valió la pena.

No olvida jamás que el primer regalo que su hijo recibió de traído de Niño Jesús se lo dio Olga Alvarez la de Jairo Gómez: un carro de bomberos, un pantalón y una camisa. "Me daban hasta la leche para el niño... todo me lo daban", recuerda.

Vivió también donde Inés Mempa, detrás de donde hoy es la distribuidora Pío Pío y en ese tiempo el difunto Raúl y Obdulio Taborda le ayudaban y tenía que hacerlo así porque el dinero escaseaba y un litro de leche Proleche o de Pasamar, Pasteurizadora San Martín, valía 10 centavos el litro... eso era mucha plata entonces.

El día que Pacho había cumplido cinco años vio al Rey... el "bonito" aquel que le había tirado los perros pero se había ido para el ejército, y éste, como en forma de piropo, le dijo: "Yo soy capaz de criar ese niño".

Un día lo aceptó y su vida comenzó a cambiar de guatemal a guatemejor. Con él tuvo siete hijos y no se metía para nada con el niño que no era de él, ni siquiera cuando lo encontraba en la calle peleando con otros. Lo respetaba mucho y los dos la iban muy bien.

Como hincha furibunda del DIM, todos lo son en su casa, se iba para el estadio con Kiko santa, con ollas de comida de comida para repartirle a los hinchas: arroz, carne molida, papas y ensalada no faltaban en sus domingos futboleros y una vez le tiró en la cara el almuerzo a Gustavo Palillo, hincha de Nacional, por celebrar un gol de su Medellín del alma. Esta mujer tenía su vaina... y su pelota.

Su vida cambió del todo y, de pronto, se convirtió en toda una matrona del barrio. Trabajó por los niños y en esa labor le ayudaron Angela Vélez, la mujer de Oscar Meléndez "Mal hombre", Libardo Gutiérrez Saria, Enrique Ramírez Quique, Ramiro Porras y Omaira la de Chunga.

Fue toda una institución en los Reinados de la Arepa de Belén Rincón, cuando se hicieron "telas" de hasta un metro por 1.20 de circunferencia y donde las que siempre ocuparon los primeros puestos fueron Lola, la mamá de Pomponio; María Cotola y Genoveva, la del Hueco de Fina. Donde la corona de reinas se la pusieron Marta Leona y Nelly Calle, pero ella, Judith Rodríguez, alias Cubanita, o Carateja, o Ñata... o Bizca, todos los males de este mundo, era siempre la campeona en empuje, perseverancia y ganas... nadie le ganaba en eso.

En los bazares de las fiestas patronales de San Bartolomé o en la del grupo de gimnasia del adulto mayor o "guardería" de Belén en el antiguo preventorio, como lo llamaban, ella era la voz cantante, la que traía las orquestas, la que bailaba, la descomplicada, la de los paseos, la que luchaba por el primer puesto entre el sector que más plata recogiera para la parroquia, la gozadora, la plaga, la recochera, la echacuentos, la que se disfrazaba de todo, la Tola o la Maruja, la monja... lo que fuera. Ella nunca le veía problema.

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Hoy envejece pero está más entera que nunca. Tiene 84 años, pero como si tuviera treinta.

Guarda con celo una muñeca de trapo con las manos abiertas, pone su casa como un almacén de Navidad cuando llega diciembre, prepara natilla y buñuelos, baila pero se queda tres días en la cama, recuerda los convites, las cantarillas, las rifas, las recolectas para ayudarle a su querida iglesia, consiente cuando puede a sus nueve nietos y cuatro biznietos, habla duro y es maniática del aseo de las ollas y recicladora compulsiva. Su casa está llena... de todo.

Cocina pero come poco. Es exagerada para hacer comida, "que haya para todos" dice, y no come pescado de ninguna manera y evita bastante el huevo... "comí tanto en la vida que me cansé". Eso sí, no perdona la carne... le encanta y aún más la arepa de chócolo con quesito y la aguadepanela con Nescafé: "A veces hago", apunta.

Se queja porque se le entumen las manos, pero es tan compulsiva y equilibrista como nunca cuando le da por ponerse una botella plástica de dos litros en la cabeza y caminar con ella por cualquier calle del barrio, junto a su hermana Nanda, sin que se le caiga.

Y... bueno. A veces también se pone triste y la vida le trae a su mente momentos amargos. Son dos los principales. El primero cuando murió Rey, su esposo, hace ya 45 años y de cirrosis: "Es que tomaba mucho", dice. "Llevaba tres días sin beber. Yo lo vi ese día. Estaba como desasiendo los pasos que dicen. Salió para la Casa Negra muerto de miedo y después se escondió en la cocina y hablaba y hablaba. Yo estaba en la cama y pasó y me tocó los pies y se fue a dormir al fondo. A las cinco de la mañana me levanté para que Pacho se fuera a llevar las arepas y había muerto".

Judith Rodríguez, graduada con honores por su gran sentido del humor y por su solidaridad. Cortesía familia Pabón Rodríguez.
Es revoltosa, habla duro, no pierde la memoria, come poco pero le encanta la carne y evita el huevo porque comió mucho cuando era tan pobre. Su humor negro es único
Haciendo empanadas con su amiga Angela en uno de los tantos convites para recoger fondos para la parroquia. Cortesía familia Pabón Rodríguez.

Y el segundo, más doloroso aún, la muerte de dos de sus hijos. A su hijo Beto lo mataron en el Paredón por nada... por probar finura que dicen. Y al segundo, Héctor, en Manizales por ponerse a reclamar por un robo. No le gusta recordar esos días y aún los llora.

Una de sus hijas, Leonor, para intentar calmar sus penas y su tristeza, se la llevó para Londres casi siete meses.. de mayo a diciembre.

Eso fue un cacharro: "Sí... yo pasé muy bueno. Ella me dio gusto a morir, pero a mí me pareció como la misma cosa... Yo extrañaba mucho a mi Rincón". Ahí está pintada ella.

 

Pero... ¿quién lo creyera? Judith bailando las canciones de los Beatles, saludando de mano a la Reina Isabel, montando en taxis negros, bailando con caballeros y lores ingleses, haciendo equilibrio con botellas de dos litros en el Puente de la Torre, montando en autobuses de dos pisos que no eran propiamente la vieja Mosquerola, ofreciendo arepas como si fueran la Corona, hablando por teléfono con su gente del Rincón desde las famosas cabinas rojas, montando en el Metro de Oxford o pidiéndole la hora al Big Ben... Es que esta bella, baja y anciana morena se lo merece todo... quien la manda. Eso le pasa por ser tan brincona y boquisuelta.